
Una estudiante de Cornell, una de las mejores universidades del mundo, denunció que siete monstruos la violaron durante unas siete horas en una fraternidad. Mientras tanto, en un chat de más de 50 cobardes de esa fraternidad, se hablaba de ella. Nadie hizo nada. Pero esta columna no es sobre Cornell. Es sobre nosotros, los hombres, y sobre el silencio que permite que esto siga pasando, allá y aquí en Bogotá.
Los hechos, según su demanda: en octubre de 2024 le dieron alcohol, la presionaron a inhalar ketamina y, ya sin capacidad de consentir, la agredieron hasta las 5:45 de la mañana. En el chat de Snapchat, uno de los cobardes escribió que su cuerpo estaba «gratis». Otro preguntó si «la tienda seguía abierta». Le respondieron que sí. En los mensajes conocidos, ninguno preguntó quién era ella o si estaba bien. Le bastaba con que uno solo lo hiciera.
Las instituciones le fallaron. La policía del campus resumió su denuncia omitiendo, según su abogado, lo esencial: que había sido violada. La Fiscalía no presentó cargos. Y la universidad sancionó a medias: según la demanda, al principio varios acusados podían atenuar su suspensión escribiendo un ensayo. Un ensayo. Las expulsiones llegaron meses después. Hoy, ante el escándalo, el caso lo lleva una fiscal especial y los acusados niegan los hechos.
¿Lejano? Para nada. Entre enero y septiembre de 2025, la Policía registró 5.255 denuncias de delitos sexuales contra mujeres en Bogotá. Son unas 19 al día. Y esas son solo las que se atreven a denunciar. Entre 2020 y 2024, tres de cada cuatro víctimas de delitos sexuales en la ciudad fueron mujeres.
El acoso es todavía más cotidiano. Según la encuesta de la Veeduría Distrital, el 51,6 % de las bogotanas sufrió acoso sexual callejero en el último año y el 95,4 % teme sufrirlo. Solo el 8,3 % denunció. Después de la calle, los buses de TransMilenio son donde más ocurre. Nuestras hermanas, hijas y amigas planean cada trayecto con miedo. Nosotros, casi nunca.
Hay que reconocer lo bueno: entre enero y mayo de 2026, los feminicidios en Bogotá bajaron 30 %. Pero las valoraciones de riesgo de feminicidio de Medicina Legal subieron 64 %, y 688 mujeres quedaron en riesgo extremo. Y un dato que debería quitarnos el sueño: el 72 % de los feminicidios de 2020 a 2024 los cometió la pareja o expareja. El peligro no siempre está en un callejón oscuro. A veces duerme en la misma casa.
¿De dónde sale todo esto? No de unos pocos monstruos aislados. Sale de cómo nos siguen criando. Desde niños aprendimos que el hombre es el fuerte, el que manda, el que controla. Que la mujer es un trofeo, un objeto de deseo. Que la sensibilidad es cosa de débiles. Ese machismo arcaico nos va quitando el respeto y la empatía hacia ellas, hasta que algunos creen que pueden hacer con una mujer lo que quieran.
La estudiante de Cornell escribió después que se sintió como una «muñeca sexual». Ese es el final de esa educación: una mujer convertida en juguete de los deseos de otros. Por eso esto no se resuelve solo con policía y cárcel. Hay que arrancar el machismo de raíz, en la casa, en el colegio y en el chat de los amigos. Mientras no lo hagamos, no avanzaremos como sociedad.
Y aquí entra una frase que se volvió famosa: «No todos los hombres, pero siempre un hombre». Es cierto, la mayoría no agrede. Pero la mayoría calla, como los más de 50 de aquel chat. Calla ante el chiste en el chat del grupo, ante el amigo que «se pasó de tragos con la pelada», ante el compañero que acosa en la oficina. Ese silencio no es neutral. Es el ambiente en el que el agresor se siente cómodo.
Y ya basta de burlarnos de las feministas, de llamarlas exageradas. Las cifras les dan la razón. Uno puede no compartir cada consigna, pero la causa de fondo —que las mujeres vivan sin miedo— debería ser también la nuestra.
¿Qué hacer? Tres cosas concretas. Primero, romper la complicidad en lo cotidiano: un «eso no es chistoso, parcero» desarma más de lo que creemos. Segundo, intervenir cuando vemos algo: acercarse, preguntarle a ella si está bien, no dejarla sola, avisar a seguridad o llamar a la línea 155. Una sola pregunta puede cambiarlo todo. Tercero, criar distinto a nuestros hijos y sobrinos. Enseñarles, sin rodeos, que una mujer no es un pedazo de carne ni un objeto sexual: es un ser humano que merece respeto absoluto. Siempre. Enseñarles que, si ella no puede decir que sí, es no. Y que un hombre sensible no es un hombre débil.
Hermanos: no se trata de pedir perdón por ser hombres, sino de dejar de ser espectadores. Ya no más cobardía, ya no más silencio. Es hora de hablar de frente, con valentía, al lado de ellas. Con las mujeres y por las mujeres.
Adenda: La gobernadora de Nueva York, Kathy Hochul, prometió cambiar la ley de su estado, que hoy deja por fuera los casos en que la víctima se intoxicó voluntariamente. En Colombia, el Código Penal (artículos 207 y 210) ya castiga el acceso carnal a una persona inconsciente o puesta en incapacidad de resistir. La ley ya lo dice. Ahora nos toca decirlo a nosotros.
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