Conciencia Ciudadana
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COLUMNA DE OPINIÓN

Agua: el nuevo petróleo

Autor: Frank Delgado Buendía

¡Colombia Consciente!

Publicado enEL TIEMPO
Agua: el nuevo petróleo. Sin petróleo se puede vivir; sin agua, no.

Un ser humano aguanta unas tres semanas sin comer, pero apenas tres o cuatro días sin agua. Aun así, en Colombia la tratamos como si fuera infinita. El agua es el nuevo petróleo: el recurso que definirá qué ciudades y qué países sobreviven en este siglo, y cuales países estarán en guerra. Con una diferencia brutal: sin petróleo se puede vivir; sin agua, no. La Madre Tierra lleva años enviándonos llamados de atención. Y los hemos ignorado todos.

Bogotá los sufrió todos en el mismo año. Entre abril de 2024 y abril de 2025 vivimos racionamiento de agua porque los embalses de Chingaza tocaron mínimos históricos. En plena crisis, en noviembre de 2024, un aguacero dejó atrapados 180 carros y a 210 niños en buses escolares sobre la Autopista Norte, a la altura del humedal de Torca. No fue casualidad: esa autopista se construyó en 1952 partiendo el humedal en dos. El agua simplemente volvió a su casa.

Sequía e inundación en la misma ciudad y en el mismo año. ¿Cómo es posible? Porque destruimos la esponja. A comienzos del siglo XX la Sabana tenía cerca de 50.000 hectáreas de humedales; hoy quedan unas 727. Arrasamos con el 98 % del sistema natural que absorbía las lluvias en invierno y soltaba el agua en verano. Y lo que pasó en Bogotá pasa en todo el país: ríos convertidos en caños, rondas invadidas, ciénagas rellenadas y páramos amenazados.

Y ahora llega el Súper Niño. No es una exageración de redes: el Gobierno confirmó en junio que El Niño se adelantó tres meses, y le da un 63 % de probabilidad de ser "muy fuerte" entre noviembre y enero. Podría ser uno de los más intensos desde 1950. Menos lluvia, más calor, más incendios, embalses secándose. Casi el 60 % de la capacidad eléctrica del país depende del agua, y XM advierte que en el peor escenario los embalses podrían caer al 19 %, por debajo de cualquier mínimo histórico. Traducido: si nos quedamos sin agua, nos quedamos sin luz. El riesgo de apagón es real, y ya sabemos lo que significa: en 1992 el país vivió más de un año de racionamiento de energía, con hogares a oscuras y empresas paradas.

En medio de la sed aparecen los interesados. Como presidente electo, De la Espriella anunció que traería expertos israelíes para manejar el agua del país, y Mekorot, la empresa estatal de agua de Israel, asesora corporaciones autónomas de Cundinamarca y La Guajira desde 2022. Hoy crecen las alertas sobre su interés en fuentes como el páramo de Sumapaz. Aprender de un país que convirtió el desierto en huerta no tiene nada de malo. Lo inaceptable sería entregar las decisiones sobre nuestras fuentes en contratos sin licitación, sin consulta a las comunidades y sin transparencia. Con el petróleo ya vimos esa película. La tecnología se compra; la soberanía sobre el agua no se vende.

Hay una buena noticia: en agosto se delimitaron 314.706 hectáreas del complejo Cruz Verde–Sumapaz, el páramo más grande del mundo, con prohibición de minería e hidrocarburos. Es un primer blindaje, y a los ciudadanos nos toca defenderlo con uñas y dientes.

Pero proteger no basta. Hay que entender el valor del agua en todas sus dimensiones, porque bien cuidada es la mayor riqueza que tenemos.

El agua es energía. Además de mover nuestras hidroeléctricas, es la materia prima del hidrógeno verde, que se produce separando la molécula del agua con electricidad renovable. Colombia puede aspirar a ser potencia exportadora de energía limpia, siempre que tenga agua limpia y bien administrada.

El agua es ciudad y turismo. Seúl destapó el río Cheonggyecheon, sepultado bajo una autopista, y hoy es uno de sus lugares más visitados. Madrid enterró su autopista urbana y le devolvió el Manzanares a la gente. Barranquilla por fin le dio la cara al Magdalena con su Gran Malecón. Imaginemos el río Bogotá, el Medellín, el Cali o el Pamplonita con parques inundables y malecones: espacios que en invierno absorben las crecientes y en verano se llenan de vida. Ríos que dejan de ser cloacas para volverse destinos.

El agua es vida. Sin ella no hay comida, ni salud, ni futuro.

Por eso el llamado es triple. Blindar el agua: páramos y humedales intocables, y cero entrega de nuestras fuentes a intereses que no le rindan cuentas al país. Recuperar el agua: naturalizar ríos, devolverle suelo permeable a las ciudades, cosechar la lluvia en cada edificio nuevo y tratar nuestras aguas residuales. Y valorar el agua: dejar de desperdiciarla en la casa, en la industria y en el campo.

El petróleo nos dejó regalías, pero también guerras, derrames y dependencia. Con el agua todavía estamos a tiempo de hacerlo distinto. Pero el reloj corre. Que el Súper Niño no nos encuentre otra vez mirando al cielo y rogando que llueva, sino preparados, conscientes y unidos alrededor de lo único que no podemos reemplazar: el agua que nos da la vida.

Adenda: Durante el racionamiento, los bogotanos ahorramos más de 46 millones de metros cúbicos de agua. Demostramos que sí podemos. No esperemos a que nos vuelvan a cortar la llave o la luz para hacerlo otra vez: el Súper Niño ya está aquí.

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